
Casi imperceptibles…
Tal vez porque después de 2020 nos acostumbramos a verlas en Occidente, pero en Japón —y en gran parte de Asia— las mascarillas no son algo nuevo. Su historia es mucho más larga y compleja.
A finales de 1800 ya se usaban en minas de carbón, inicialmente de color negro para disimular el polvo del mineral. Con el tiempo se descubrió que también reducían la inhalación de partículas y protegían a los trabajadores de infecciones respiratorias. Desde ahí saltaron a otros oficios industriales… y finalmente se volvieron un estándar en hospitales.

El verdadero cambio cultural llegó con la gripe española de 1918, cuando Japón adoptó el uso masivo de mascarillas como medida de salud pública. Décadas después, brotes como SARS (2003), H1N1 (2009) y el aumento de alergias por polen de cedro reforzaron su uso cotidiano.

Pero más allá de la salud, hay razones profundamente sociales:
• Para muchos japoneses, la mascarilla es respeto por el ambiente y por el espacio personal del otro.
• Evita exponer a los demás a “microgotas ajenas”, incluso con un simple resfriado.
• También funciona como una barrera emocional y social: un pequeño escudo para quienes prefieren pasar desapercibidos.
Hoy, las mascarillas son más que un objeto funcional. Son parte de la cultura urbana. No se combinan con la ropa ni buscan destacar. Son simples, discretas, prácticas. Y cada día ocultan los rostros de millones de japoneses que caminan rápido, trabajan mucho y cuidan —en silencio— del espacio que comparten con todos.
Texto y fotografía por: Dr. Jorland
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