Son entre las 9 y 10 am. El sol entra por la ventana… lo sé porque siento el cuerpo caliente y sudoroso, y hay destellos de luz entrando por la ventana mientras yo me revoloteo en la húmeda cama.
Una sensación extraña en mi cuerpo: epigastralgia, náuseas, la boca seca y una jaqueca incesante… de pronto ya no puedo más. Debo levantarme de inmediato y correr al baño. Me tiro en el suelo de rodillas, está frío y húmedo. Abro la tapa de la poceta… y dejo salir la descarga, comienzo a vomitar… mientras siento cómo mi cuerpo comienza a volverse más sudoroso, tembloroso, y su frialdad comienza a igualar la del suelo en el que estaba postrado.
4:00 am del día anterior: yo en cama “revoloteándome”, sin poder dormir… ansioso de que no me vaya a quedar dormido. Debía levantarme a las 4:30 am para poder estar listo a tiempo… pero al mismo tiempo quería dormir, quería descansar lo suficiente para poder aguantar lo que se venía… y si no lograba pegar ojo ahí, en ese instante perdería los 30 minutos de sueño que me quedaban. Unos 30 minutos más que podían marcar la diferencia… y tal vez serían los últimos 30 minutos que me quedaban para descansar.
Debía llegar al hospital entre las 5:30 y 5:45 am… debía tener todo listo para comenzar el caso a las 7 am y era un caso largo… una hepatectomía, de esas donde te quitan todo el hígado… son casos laboriosos porque son muy delicados: el cirujano explora el abdomen con rudeza —uno pensaría que lo hace delicadamente— de tal manera que toca estructuras muy débiles, como importantes vasos sanguíneos… que se pueden romper y pueden sangrar… entonces yo, como residente de anestesiología, debo estar preparado. Eso significa que debo preparar, además del equipo básico de anestesiología, una línea arterial, un kit para una segunda (e incluso tercera) vía endovenosa y un kit de vía central. Además, antes de comenzar el caso debo conversar detalladamente con el paciente… debo explicarle todos los pros y los contras de la anestesia, los procedimientos y los catéteres que planeo colocarle. Es un caso bastante trabajoso y largo… probablemente el más largo de todo el OR ese día… por eso me lo dieron, porque estaré on call (o de guardia) por 24 horas. Y si vas a estar en el hospital esa cantidad de tiempo, pues mejor que hagas el caso más largo, total… igual te toca dormir ahí… mejor dicho, pasar la noche ahí. Porque dormir nunca está garantizado.
Las guardias de 24 horas son la regla no escrita —en el mejor de los casos— de todos los médicos en el mundo. Esa especie de tattoo con la que un médico debe estar condenado a vivir por siempre. Es que culturalmente ha sido así… mucha gente que no sabe nada sobre la carrera de medicina tal vez sepa una sola cosa: “que los médicos pasan días enteros en el hospital”. Incluso desde antes de estudiar medicina debemos mentalizarnos a que esa es una realidad.
Pero ¿por qué existen estas guardias y estas jornadas tan largas? Bueno, para hacer el cuento corto: la medicina siempre se ha visto como esta carrera en la que los intelectuales leen libros gordos día y noche… y sí tiene un poco de eso, pero la realidad es que la medicina históricamente se aprende viviendo… estando con el paciente y cuidándolo en todo momento. Evolucionó de esa manera desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX con el nacimiento de las “residencias” —de allí la palabra— que algunos ubican en el hospital Johns Hopkins de la ciudad de Baltimore, específicamente en la residencia de cirugía de William Halsted, la misma en la que comencé mi entrenamiento hace unos años atrás. Los médicos pasaban día y noche con los pacientes, observándolos, viendo su evolución, viendo qué pasaba cuando se les administraba un tratamiento. Poco a poco había más pacientes y menos médicos, y el sistema se tornó a uno donde el trabajo se repartiese de manera tal que hubiese alguien disponible 24/7. Y así nacen los turnos de 24 horas.
Pareciera que con el pasar del tiempo este concepto y forma de vida se popularizó o, más bien, se generalizó dentro de la medicina y se aplicó a cada especialidad, sin importar si era práctico o no… excepto tal vez por dermatología, porque a ellos nunca se les ve en el hospital. Pero ahí estaba yo casi 130 años después, haciendo lo mismo, el mismo tipo de jornadas largas… aun con todas las regulaciones, tecnología, inteligencia artificial… muchas cosas habían cambiado en la medicina excepto ese tipo de jornadas… de hecho, esas jornadas son romantizadas, incluso por los mismos médicos.
Frente a mí el paciente bajo anestesia mientras su hígado era extirpado, y si era un procedimiento originalmente largo, ya cuando un experto lo hace imagínate cuánto tarda si lo hace un residente de cirugía… toma mucho más. Al menos a mí, por suerte, como residente de anestesiología me dan “algunos breaks” durante el día… en realidad 15 minutos en la mañana y media hora de lunch. Y hay que tomarlos cuando son ofrecidos, si no los pierdes. Los residentes de cirugía no pueden salirse de su trabajo, ellos están ahí, estériles, encima del paciente, “scrubbed”, dure lo que dure la cirugía… y eso sí es algo difícil de cambiar. Una parte de mí se pregunta: ¿tendrán un pañal? ¿Una sonda vesical? ¿Cómo hacen para durar tantas horas sin ir al baño? Es algo admirable de verdad y probablemente una de esas cosas a la que nunca encontraré respuesta. Agradezco no estar en esa situación.
Finalmente, luego de múltiples bolsas de fluidos, infusiones, medicamentos y muchas gasas llenas de sangre, el caso termina y comienzo a despertar al paciente. Es un despertar lento, obviamente, porque el paciente ha estado recibiendo anestesia constantemente por horas; entonces esos gases deben salir —del cerebro primero— y también de los pulmones, de manera tal que el paciente se despierte… pero como es de esperar… eso lleva tiempo… entonces el paciente es mantenido intubado mientras se recupera y lo trasladamos a la unidad de cuidados intensivos. Allí se encargan mis colegas de cuidados críticos.
Ya son eso de las cuatro de la tarde y mis compañeros que no están de guardia deben irse… porque ellos deben volver al otro día para una nueva jornada. Entonces es el deber de quienes “están de guardia” empezarlos a relevar… es decir, tomar su lugar como anestesiólogos en los casos. Sean casos largos, cortos, hayas conocido al paciente despierto o no… debes hacerlo… de manera tal que ellos puedan ir a casa. Me parece algo bueno. Por otra parte, uno en lugar de relevista podría estar cargando con lo peor: tener que despertar pacientes que sangraron, casos que se complicaron, desintubar pacientes que ya tenían un déficit respiratorio de base, etc. Pero son gajes del oficio para que el sistema pueda continuar.
Por suerte esa noche las cosas no terminaron tan tarde… a eso de las 8–9 pm ya todas las salas estaban libres… todo calmado. Como equipo de residentes nos vamos a la sala de cirugía cardiovascular a prepararla parcialmente para el día siguiente; es tradición en mi residencia que el equipo de guardia prepara la sala de cardíacos durante la noche porque los casos cardíacos llevan más protocolo, y si los casos regulares comienzan temprano… los cardíacos comienzan más temprano aún… entonces, de esa manera, cuando el residente de anestesia cardiotorácica llega en la mañana (a eso de las 5 am) tiene menos trabajo que hacer. Pero está bien, son unos 20 o 30 minutos más si lo hacemos entre todo el equipo. Ya luego de eso podemos ir a dormir, si todo está calmado.
De pronto… uno de los sonidos más temidos: la alarma “overhead” del hospital, que avisa que alguien está muy crítico o que hay una emergencia intrahospitalaria… tal vez un paciente en paro, sangrando y con insuficiencia respiratoria. Sea lo que sea, anestesiología siempre tiene que estar ahí… especialmente para el manejo de la vía aérea, nunca se puede subestimar el poder de una intubación.
Entonces todos salimos corriendo a la ubicación que indica el overhead mientras tomamos nuestros equipos de intubación difícil… tomamos el elevador… subimos al séptimo piso… al mismo tiempo que sentimos murmullos y ruidos de agitación provenientes de los corredores del hospital. Al llegar al piso de la emergencia sentimos un tenso ambiente de calma y, mientras caminamos a la habitación, observamos rostros de confusión… preguntamos: ¿está todo bien? ¿Nos necesitan? ¿El paciente está respirando?… sin embargo, no hay respuesta, ni de las enfermeras, ni de los que simplemente pasaban por ahí… ni de los propios médicos en el piso. Cuando llegamos a la habitación… un residente al lado de un paciente que se ve totalmente estable nos dice: “Tranquilos, chicos, el botón de emergencia se presionó por error, todo está bien”. En parte es un alivio que todo esté bien y no haya emergencias, pero por otro lado ya había gastado las mínimas baterías que me quedaban mientras corría para atender esa emergencia.
Entonces ya cerca de las 10 pm cada quien se va a su cama a tratar de descansar… con toda esa adrenalina y el cansancio… a veces hay una especie de efecto rebote, al menos así lo describo yo, en el que por muy cansado que esté el cuerpo el cerebro no puede dormir. Además del estrés particular de la guardia… nunca puedo dormir, por muy “tranquila” que esté… “¿qué tal que un paciente se complica y me necesitan?” “¿qué tal que me llaman y no escucho el teléfono?” “¿y si me quedo dormido y el paciente fallece?”… entonces siempre es muy difícil dormir de buenas a primeras… pero entre firmar notas y hacer scroll en el social media revisando las noticias que me perdí durante el día… a eso de la 1 am logro quedarme dormido.
2:40 am — ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! De repente un fuerte sonido me despierta… y aunque abro los ojos rápidamente, mi cerebro, borrado, tarda en captar lo que está ocurriendo. De repente escucho: “Hey Jorland! Wake up! We got a trauma!” Era mi jefe de guardia dando el llamado que a esa hora todos odiamos: un caso emergente en la noche.
Es que, a pesar de que amamos la medicina y lo que hacemos… llega un punto en las 24 h de guardia que comenzamos a odiar… a veces lo llamo “el punto donde odio mi vida”… donde pareciera que el mejor trabajo del mundo se convierte en el peor… el cuerpo al extremo del agotamiento… ya la mente repeliendo la realidad… sin haber visto un destello de luz solar, encerrado ya por más de 20 horas a ese punto de la noche. Hay tan pocas fuerzas a veces que uno sale de la habitación sin los elementos básicos: sin estetoscopio, sin badge, a veces hasta sin medias —sí, me las quito para meterme en la cama.
Pero por suerte ese caso no me toca a mí… pero como es un trauma todo el equipo se despierta a ayudar a comenzar el caso, estabilizar al paciente… luego nos vamos y se queda solo una persona asignada para el caso. El suertudo que pasará el resto de la noche despierto… con suerte el caso termina rápido y sale del OR antes que salga el sol… o el caso se prolonga hasta al menos las 7 am, cuando el equipo del día siguiente comienza a relevar a los de la mañana. No se sabe… y por ahora no es mi asunto.
A eso de las 4:30 am salgo del OR y me devuelvo al cuarto de residentes; esta vez no tardé mucho en que el cansancio me golpeara. Pero siento otro miedo… ¿qué tal que no escucho la alarma de las 6 am? A esa hora debo despertarme para hacer el “sign out” de la guardia y verificar que no queda nada pendiente… si no me despierto eso no ocurriría. ¿O si me quedo dormido durante horas hasta después de las 7 am?… ya a esa hora debería estar cambiándome, recogiendo mis cosas para irme tranquilamente a casa, a la libertad del post guardia. Debo aprovechar ese tiempo al máximo porque son 24 h fuera del hospital… yo por suerte tengo eso… porque algunas especialidades deben seguir en el hospital arreglando cosas: papeleo, burocracia, más papeles que firmar, etc. Entonces pongo mi alarma para las 6 de la mañana; la he escuchado y me he despertado… el dolor de cabeza es terrible y debato entre levantarme a la libertad del fin de la guardia o quedarme postrado en la cama hasta sentirme mejor. Pero decido levantarme, he hecho lo que tenía que hacer… y en un par de horas estoy fuera del hospital… caminando a casa con un café aguado de la máquina del salón de los residentes… que a esa hora y luego de esa jornada se disfruta como el mejor café de París.
Llego a casa y digo: ok, ¡por fin voy a descansar! Pero hay otro problema: se me hace imposible dormir de día… es algo que yo sencillamente no puedo hacer, aunque trato… siento que se me va el día (y es una realidad)… entre tener que estudiar, aprovechar para hacer cosas personales, distraerme y, curiosamente, también descansar… me da miedo perder el día… el único día libre para mis cosas, simplemente postrado en la cama.
Pero aun así, luego de una ducha tibia… me obligo… me acuesto… doy vueltas en la cama. Sí, otra vez en la cama… 3 o 4 veces en menos de 12 horas y otra vez mi mente debatiendo entre poder —o deber— dormir o no. Son cerca de las 8 am… y entre revoloteos… logro cerrar los ojos intermitentemente…
Y ahí estaba yo… igual sudoroso, con náuseas y un dolor de cabeza increíble… voy al baño y eyecto unos vómitos rápidos pero efectivos y, de cierta forma, aliviadores. Cerca de las 10 am. Ese vómito fue mi alarma para saber que ya era hora de comenzar el día. De hacer lo que debía hacer… aunque prácticamente no dormí. Total, era mejor mantenerse despierto para luego “dormir toda la noche”… porque al día siguiente sí me tocaba trabajar de nuevo. No como mucho ese día porque me “sentía como zombie”, no quería hacer muchas cosas, ni cocinar… tampoco es que tengo muchas cualidades para hacerlo.
Entonces llega la noche… son eso de las 8 pm y ya casi los ojos se me cierran solos… pienso que si me voy a dormir temprano descansaré lo suficiente para estar fresco al día siguiente. A ese punto no quiero saber nada de trabajo, de hospitales ni de libros… solo quiero despejarme y despejar mi mente para resetearme e ir a dormir “como Dios manda”… me doy otra ducha tibia corta… me pongo la pijama más viejita porque son las más suaves y más cómodas… entro en las sábanas de mi cama, la temperatura perfecta… la luz perfecta… tenue.
Mientras me acomodo siento ruidos en el pasillo… como si alguien abriera la puerta… es mi esposa que viene llegando del trabajo… no la he visto en casi dos días… cuando salí en la mañana del día anterior ella aún dormía y cuando volví esta mañana ella ya se había ido… pero allí estaba, siempre tan linda… a pesar de que también se le notaba el agotamiento… siempre dispuesta.
Yo, al mismo tiempo, sin querer saber nada que me sacase de mi nirvana al acostarme… me saluda, me sonríe y me dice:
“¿Cómo estás, mi amor? ¿Qué tal estuvo la guardia?”
Dr. Jorland – Sin Anestesia
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